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CRONOLOGÍA
DEL INCENDIO DEL "ALMIRANTE IRIZAR". (Fuente Gaceta
Marinera)
Olor penetrante, oscuridad... hay una porta
en la cubierta 01 del Rompehielos ARA "Almirante Irízar" que
revela una lucha tremenda; de un lado la estructura se ve intacta
y apenas manchada por una mano que dejó rastros de hollín y sangre en
el mamparo; del otro yacen las paredes quemadas, los hierros retorcidos
y en el suelo los restos de metal enroscados bajo el agua y el aceite señalan
la crudeza de la batalla...
El martes 10 de abril a las 20.25 se detectó un fuerte olor a humo en
todo el buque, navegaba con rumbo al puerto de Buenos Aires, a unas 140
millas náuticas (252 Km.) de Puerto Madryn, a punto de celebrar el fin
de una Campaña Antártica exitosa con unos ricos tacos mexicanos.
Primero pensaron que se trataba de una falla en el aire acondicionado
central, pero inmediatamente el Difusor de Órdenes dio la alarma "Emergencia
Real, Incendio en Máquinas Principales..." La voz disparó
decenas de acciones practicadas en ejercicios. Sin necesidad de órdenes,
cada hombre tomó su equipo y corrió a cubrir su rol. La tripulación
se reconfiguraba para hacer frente al incendio a bordo; quizás la mayor
amenaza posible para un buque. El Comandante, Capitán de Fragata
GuillermoTarapow, pasó raudo hacia la sala de control.
En algún lado de máquinas principales, el triángulo de fuego se había
cerrado: combustible, temperatura, oxígeno; los tres elementos que
mantienen vivo al incendio. Llamas, calor, humo denso, negro y
asfixiante eran las consecuencias inmediatas. Mientras la tripulación
cerraba escotillas y alistaba mangueras y extintores, el fuego increíblemente
voraz laceraba cables, metal, madera, buscando destruir para vivir. La
lucha había comenzado. Duraría diez interminables días.
La legión
Eran 16 hombres a cargo del Teniente de Navío Dn. Esteban Lorenzatti,
jefe del trozo control de averías, que se armaron con máscaras y
matafuegos formando una falange contra el fuego. La alarma la había
dado el Teniente Blanco. "Cuando se inició el siniestro, se
pararon los motores principales y el buque quedó al garete -a la
deriva-, se trató de clausurar todo el compartimiento para aislarlo y
se accionó el sistema de CO2 para sofocarlo, mientras comenzábamos a
refrigerar con agua", comentó Lorenzatti.
Todo transcurrió rápidamente y en medio del humo y -el fuego: se
confundieron los brazos, las máscaras, los movimientos, pero todos
respondieron a una sola voz de mando: confinar el fuego, impedir que
avance. Mientras tanto, buscando estabilizar la situación, el
Comandante tomó una decisión trascendente: fondear el buque de proa al
viento.
En un principio se consiguió limitar el incendio, pero la temperatura
encendió otro foco en el motor contiguo que estaba salpicado de
combustible: el calor mordió el acero dejando un boquete y siguió
curso, subiendo por toda la línea de la Catedral: un corredizo vertical
que comunica las 11 cubiertas del buque. En cuestión de segundos el
fuego tomó la escena buscando su presa: los generadores principales.
La alta temperatura y el
humo lograron su cometido, los generadores enmudecieron y el buque quedó
sin energía. Segundos después, el generador de emergencia arrancó
como ultima opción. Tarapow ordenó cubrir los puestos de abandono con
el grueso de la tripulación, mientras los grupos de lucha contra
incendio no le daban tregua al fuego.
Se batalló durante dos
horas. El agua hervía al tocar las cubiertas al rojo vivo, los
extintores se agotaron; el fuego retrocedió pero regresó con más
fuerza, chillando y reptando por los cables, atacando la última fuente
de energía. Y en un momento... todo cesó. El generador se silenció,
las mangueras perdieron presión, las luces se difumaron. Oscuridad,
silencio. Y a la luz de las llamas, los hombres corrieron en un último
intento y por eso tomaron los baldes para seguir la pelea.
Mientras tanto el
comandante, en la soledad que es propia de esos momentos -pero con el
asesoramiento de su equipo-, ordenó abandonar el buque. No podía
permitir que las balsas se quemaran y su tripulación quedara aislada.
El mar: otra batalla
Medianoche. Olas de más de 4 metros y fuertes ráfagas de viento que
separaban las balsas del buque. El mar también probó el arrojo de la
dotación. Ordenadamente, en silencio, iluminados por las linternas, los
240 tripulantes atravesaron el buque por una de sus bandas hacia las
balsas y cuando pasaron próximos a la Catedral, el calor les traspasó
la ropa... no había dudas, el incendio se expandía.
Comenzaron a lanzar las balsas al agua, que se inflaban automáticamente.
Conocían el procedimiento: saltar sobre el techo de la balsa o
descender por la escala real en perfecto orden. Evitar mojarse, llevar
el equipo individual de supervivencia, ayudar al camarada, ingresar a la
balsa y acomodarse. Pocas órdenes, trabajo en equipo, máxima
concentración. El dolor no es sólo el del cuerpo, es el de abandonar
el hogar de uno en llamas.
Mientras ayudaba a soltar las balsas, el Suboficial Tomás Reynoso cayó
al agua luxándose un hombro. En segundos, dos tripulantes se arrojaron
sobre la balsa y lo recuperaron, lo acomodaron en su interior y lo
abrigaron. Después completaron esta primera dotación de abandono con
mujeres, niños seis en total- y los hombres que estaban asignados.
En menos de una hora las 24 balsas unidas por una soga umbilical se
separaron del "Irízar" y quedaron a la deriva en medio de la
oscuridad y de un temporal en au*mento. No había bajas, apenas algunas
lesiones leves. Estos 240 hombres pasaron del interior seguro, amplio y
calefaccionado del rompehielos a la incertidumbre de estar a la deriva
en el mar. Sin saberlo, todos tenían la certeza que el rescate estaba
en marcha. Comenzaba la supervivencia en el mar.
A más de 200 millas náuticas
(unos 360 Km.) de distancia, varios buques apostados en la Base Naval
Puerto Belgrano y la Base Naval Mar del Plata, recibieron la orden de
alistarse en el menor tiempo posible. A la medianoche, estas unidades de
la Armada zarparon hacia el área del siniestro a máxima velocidad.
Esa noche fue escenario de muchas decisiones y acciones humanas, cada
una de ellas le pertenece a los protagonistas; todas tuvieron el mismo
incentivo: tratar de hacer lo correcto.
Vencer el Phobos
Incertidumbre riesgo. Un siniestro en altamar multiplica estas
sensaciones y se debe mantener la mente clara en situaciones límites.
Decidir correctamente. Ordenar abandonar el buque es, quizás la decisión
más difícil que debe tomar un comandante. Permanecer a bordo para
garantizar que no haya quedado atrás ninguno de sus tripulantes, también.
Pero Guillermo Tarapow tomó esa decisión mucho antes, allá en 1982,
cuando se graduó Guardiamarina.
En esa intimidad de buque herido y soledad humana, pensó en su familia
y en su gente - Se encontraba en el puente de mando completamente a
oscuras, el mismo lugar donde tantas veces se reunió su equipo para ver
cómo el gigante rompía a trompadas los hielos impenetrables.
Creyó oír voces y por eso registró camarote por camarote, sollado por
sollado, en busca de posibles tripulantes que no hubiesen podido
abandonar el rompehielos. Su minucioso recorrido lo llevó hasta la
capilla. Rezó un Padre Nuestro y un Ave María y regresó al puente de
mando, a esperar la claridad del día. Había cerrado todas las puertas
y escotillas que pudo para impedir que el oxígeno le diera continuidad
al fuego. Su mano izquierda quemada daba cuenta de ello. Sin oxígeno,
el fuego languidecía. Pero las temperaturas, a bordo eran aún
intolerables.... y quedaba mucho por quemarse.
Rescatados
A las 22:45 de esa misma noche, en otro punto del mar, el pesquero
"Magritte", comandado por el argentino Carlos de la Vega,
recibió un pedido de ayuda por radio. "En una situación así uno
sólo piensa en ayudar, son los códigos del mar", contó el capitán,
quien se dirigió a toda máquina hacia el "Irízar", junto a
sus 19 hombres. A las dos de la mañana, en una maniobra riesgosa por
los embates del mar y la oscuridad, rescataron la primera balsa.
En total recuperaron a 123 tripulantes, cuatro de los cuales fueron
trasbordados al día siguiente- al Guardacostas "Thompson",
para regresar al "Irízar". Esos hombres fueron el Comandante
Conjunto Antártico, Capitán de Navío Antonio Alejandro Losada; el
jefe de Máquinas, Capitán de Corbeta Osvaldo González; el jefe de
Operaciones, Capitán de Corbeta Maximiliano Mangiaterra; y el jefe del
Grupo Control de Averías, Teniente de Navío Esteban Lorenzati.
Dos buques más se destacaron a la zona del siniestro, otro pesquero, el
"Don Cayetano", y el buque petrolero "Scarlet-lbis",
que rescataron al resto de las balsas. Más allá de la operación de
recuperación de los náufragos, que obedece a las leyes y costumbres de
los hombres de mar, los tripulantes de estos buques se prodigaron con
los náufragos, entregando sus ropas, sus camas y su hospitalidad a
bordo.
A las 4 de la mañana del 12 de abril todos los tripulantes recuperados
del mar ya estaban en tierra firme. Había cansancio pero serenidad en
los rostros en alto. "Sabíamos que todos estaban bien, pero
necesitábamos reencontrarnos y darnos un abrazo. Somos un equipo",
dijo el Suboficial de buque, Andrés Gregorio Herrera, al bajar del
"Magritte" en el muelle de Puerto Madryn, donde tanto la
ciudad, como la provincia de Chubut. habían puesto todo a disposición
para dar una mano. Médicos, colectivos, comida caliente y afecto.
Los esperaba el Vicealmirante Jorge Ramón Manzor, subjefe del Estado
Mayor Conjunto, quien los reunió para contarles los esfuerzos que se
estaban haciendo para salvar al buque. Un espontáneo "Viva la
Patria, Viva el Irízar" se escuchó en la noche. Al embarcar los
micros, luego de una calurosa despedida con los tripulantes de los
pesqueros, todos miraban al mar.
Horas después, en un puente aéreo realizado por la Fuerza Aérea y la
Aviación Naval, los tripulantes arribaban a Ezeiza, donde los esperaba
la ministra de Defensa y el Jefe del Estado Mayor de la Armada, junto
con cientos de familiares, aún tensos, pero contentos. Fue una situación
de altísimo riesgo, pero todos estaban a salvo. En el reencuentro con
la familia hubo abrazos y lágrimas, pero al fin se sabían juntos.
Quedaba salvar al "Irízar - La última batalla
El 12 de abril, un grupo de cuatro buzos tácticos escaló hacia las
cubiertas del "Irízar" desde un bote de goma. "No fue fácil",
afirmó el Capitán de Corbeta Fernando Rossi, Comandante de la Agrupación
de Buzos Tácticos. "Había un fuerte temporal, el 'Irízar' estaba
en llamas y no teníamos ayuda desde el buque. Tuvimos que emplear técnicas
de andinismo para subir."
Eran la avanzada del equipo de salvamento de la Armada, conformado por
el Destructor "Almirante Brown", las Corbetas "Robinson"
y "Granville", los Avisos "Suboficial Castillo" y
"Teniente Olivieri", y hombres del Servicio de Salvamento de
la Armada. Arriba de ellos, permanentemente sobrevolaban las aeronaves
navales y de la Prefectura.
En sucesivos embarques, se conformó un equipo de medio centenar de
hombres a bordo. Especialistas en máquinas, electricidad, control de
averías, buzos y tripulantes del "Irízar" eran parte de la
nueva tripulación. Se embarcaron a mano generadores y bombas de
achique; trajes especiales y botellones de aire. La misión era salvar
al buque. La tripulación de fuego comenzó la última batalla.
El buque permanecía firmemente fondeado con todos los grilletes del
ancla de estribor (unos 250 metros de cadena) y con diversos focos de
incendio sobre un millón de litros de combustible depositados en los
tanques. Estaba fuertemente escorado a babor. Las temperaturas en popa
eran de cientos de grados y los gases tóxicos emanaban por todas
partes. El riesgo era enorme.
El "Irízar"
seguía a oscuras, sus cubiertas resbaladizas por el aceite y el hollín
hacían muy difícil transitarlas. No había agua corriente, ni baños
disponibles, ni servicio alguno y el mejor manjar que probarían estos
hombres durante varios días sería pescado enlatado, queso y dulce. No
sólo había que combatir el fuego, sino que estar a bordo era una tarea
de supervivencia en sí misma. El Teniente de Fragata médico Martín
González preparó la enfermería. No le faltó trabajo.
Se organizaron en tres grupos: uno cargaba los botellones; otros se
ocupaban de la línea de manguera -que rociaba agua sobre los hombres
para bajar la temperatura de sus cuerpos-; y los que se enfrentaban
directamente al fuego. "La carga de los botellones debía hacerse
en un ambiente de aire puro y eso era difícil de encontrar, pero era
esencial porque si no nuestra gente se hubiera intoxicado en las
bodegas", cuenta el Capitán de Fragata Luis Paredes, jefe del
Servicio de Salvamento de la Armada, cuyos hombres fueron vitales en el
salvataje. El Cabo Principal Ariel Aguirre ya conocía cara a cara el
fuego, es bombero en tierra y por eso se volvió referente en esta
lucha. No conocía el "Irízar", fue fundamental la confianza
en un camarada que le hizo de guía. Había que descender a las bodegas
oscuras y humeantes, donde no se veía ni la llama del fuego, se llegaba
a éste orientado por el calor.
El primer ingreso a las bodegas fue la mayor prueba. Llevaban dos mudas
de ropa debajo del traje antiexposición, pero la temperatura traspasó
todo, haciendo doler los cuerpos. La escasa visibilidad estaba obstruida
por el humo. "En ese momento uno no entiende mucho las sensaciones,
sucede todo muy rápido. El miedo siempre está y ayuda a estar atento.
Hay que confiar en los demás: en el que me trajo el tubo de oxigeno y
que usé sin revisarlo porque estaba seguro que estaba cargado; y también
confiar en el compañero que me daba la línea de manguera, era el que
me protegía del calor, mi principal escudo", dice Aguirre.
Fueron largas jornadas
que los dejaban tan cansados que hasta se olvidaban de comer,
completamente sucios, con la ropa empapada, con hollín en la cara, en
las manos, así pasaban por la enfermería para que el médico los
revisara, en algunos casos les hacía nebulizaciones porque tenían una
respiración dificultosa o mucha tos. Se higienizaban con botellas de
agua de litro y medio, pero cada batalla ganada era una inyección de
energía para este equipo que sentía que podía recuperar al "Irízar".
"Había que vencer el cansancio y seguir, el estado físico es
esencial" cuenta el Teniente de Navío Gastón Bergoglio.
Con reaprovisionamientos diarios mediante los helicópteros de los
buques de apoyo, que debían hacer maniobras límites para anavizar en
una cubierta de vuelo prácticamente destruida, se mantuvo la cadena logística
esencial (nafta, pilas, aceite, repuestos, agua). Esto permitía
mantener funcionando las bombas, el compresor y el generador para
continuar el combate.
Fue crítico mantener el
equilibrio entre el agua que se echaba sobre el fuego y que luego se
acumulaba produciendo una escora (inclinación hacia un lado) en el
buque: llegó a 11 grados, a 15 había riesgo de dar vuelta campana.
"Arrojábamos cientos de toneladas de agua en cubiertas altas y eso
alteraba el equilibrio", afirmó el Capitán González, jefe de Máquinas.
"A más agua, menos fuego, pero más escora que también tenía su
riesgo". En un momento, para disminuir este riesgo, un grupo de
buzos tácticos perforó los mamparos con explosivo plástico logrando
que el agua drenara hacia el mar.
Al séptimo día, los hombres supieron que ganaban la batalla, que ya
era sólo cuestión de tiempo. El fuego también lo supo. Lentamente se
fue rindiendo, las temperaturas descendieron, la escora disminuyó... y
sobre el final de la operación hubo margen de tiempo para celebrar a lo
criollo: con un rico asado (pero con matafuegos al lado!).
El Aviso ARA "Suboficial Castillo", cuya tripulación había
trabajado intensamente todos esos días, se acercó y pasó remolque.
Como los sistemas del "Irízar" no funcionaban hubo que volar
el ancla con explosivos y terminar de cortarla con el soldador de
oxiacetileno, así por fin el buque quedó libre iniciando su navegación
a Puerto Belgrano.
El 20 de abril por la noche, levemente escorado, con la tripulación de
fuego a bordo y al mando de su comandante, entró remolcado a la Base
Naval y pasó amarras. Lo recibieron el Jefe del Estado Mayor General de
la Armada y cientos de personas que no paraban de agitar pancartas,
hacer sonar bocinazos, aplaudir. Ellos representaban a millones de
argentinos que habían acompañado -de un modo u otro- la epopeya a lo
largo de esas inciertas jornadas.
Los tripulantes bajaron uno a uno. Exhaustos, aunque con el pecho
henchido de emoción. Se abrazaron con sus familias y lentamente se
fueron despidiendo...
"Misión cumplida", se escuchó decir a un marino mirando al
"Irízar". "Ya volverás a los hielos, te lo
prometo."
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