BASE ORCADAS - Argentinos
INVERNANDO en la latitud 60 sur:
A unos 1.500 km al sudeste de Ushuaia, en el
istmo de la isla Laurie (caletas Uruguay y Scotia), a 60º 44' S y
44º 44' W, viven 17 hombres.
Ellos son la dotación de la Base Permanente Orcadas de la Armada
Argentina, inaugurada en 1904 y testimonio de la presencia
ininterrumpida de nuestro país en la Antártida desde hace 106 años.
La dotación 2010 de Orcadas está integrada por 11 militares de la
Armada (el jefe de base, el subjefe, el encargado, un enfermero, un
radioperador, un maquinista, un electrónico, uno de control averías,
un cocinero, un camarero y un infante de Marina motorista) y dos de
la Fuerza Aérea (un geomagnetista y un meteorólogo). También hay 4
civiles: un meteorólogo del Servicio Meteorológico Nacional, un
médico y dos guardaparques.
Estos últimos, Julio Zoccatelli y Jorge Lenz, pertenecen a la
Administración de Parques Nacionales y fueron designados por la
Dirección Nacional del Antártico (DNA) para permanecer en la base
hasta mediados de febrero del próximo año.
Dentro de sus tareas se incluyen los relevamientos, toma de muestras
y observación de especies de aves y mamíferos marinos. Las muestras
se congelan y se envían a la DNA donde se compararán con otras para
establecer la situación real del ecosistema. A ellos se suman
durante el verano biólogos, sismólogos y geológos, entre otros
científicos, que realizan tareas de investigación.
Conviviendo con la fauna de Orcadas
Los guardaparques arribaron a bordo del Buque Transporte ARA “Canal
Beagle” el último día del año pasado, dispuestos a vivir de una
manera completamente diferente el año del Bicentenario Argentino.
Para Julio ya es su segunda invernada, y aunque eso le aporta
experiencia, la Antártida sigue deparándole sorpresas. Como la que
vivió el pasado 6 de febrero durante uno de los habituales
relevamientos.
“Un lobo se aproximaba rápidamente a mí con actitud agresiva. Al
vérmelo en dos segundos casi encima, instintivamente levante mi mano
derecha en la que tenía la libreta donde anotaba. El animal
reaccionó sin dudarlo, tiro el tarascón y sujetó mi mano con sus
fauces”, relata el guardaparques.
Lo cómico de la situación es que cuando pegó el tirón para sacar la
mano “mi compañero y yo vimos que le había quedado mi libreta
enganchada en un colmillo”, cuenta Julio. “Pero no permití que se la
quedara de trofeo y con el pie logré recuperarla”.
A través del guante el animal le clavó un diente, y sumado al tirón
que Julio dio para zafar, la herida resultante fue profunda. ¿Cómo
sigue la anécdota? Al llegar a la base lo atendió el médico, le
recetó antibióticos de forma preventiva pero decidió no suturar por
el riesgo a una posible infección. Dos semanas después Julio se
encontraba trabajando normalmente.
Es el encargado de hacer el relevamiento de los elefantes y lobos
marinos, las focas weddel, cangrejeras y leopardo. Y siempre que sea
posible, contabilizar la cantidad de hembras, machos, juveniles y
crías.
Su compañero, Jorge, se ocupa de censar las aves voladoras,
indicando la cantidad, especie (gaviota, cormorán, paloma, skua,
petreles: gigante, dameros, de las nieves, oceanites), estado (solo,
pareja, grupo), ubicación del ave (tierra, intermareal, mareal),
estado evolutivo (adulto o juvenil) y actividad (volando, posado,
alimentándose).
Las condiciones en las que trabajan, siempre atentos a las medidas
de seguridad, son riesgosas ya que en un glaciar pueden sin darse
cuenta caminar en grandes círculos, como sucede en ambientes
selváticos. Además, la espesura de la niebla o una eventual tormenta
de nieve desorientan, ya que en esas condiciones cielo y suelo se
ven blancos, pudiendo ver con dificultad a sólo escasos metros.
”En mis pensamientos está volver a Antártida, pero está condicionado
a factores familiares, institucionales y personales que deberé
evaluar en caso de tener la oportunidad”, concluye el guardaparques.