2014 - Bicentenario de la Campaña Naval Libertadora Browniana en el Río de la Plata
Proyecto Familias Argentinas en la Antartida


El Sueño de Mabelle,  quería sembrar la semilla de argentinidad en la Patria Blanca.

 

Iniciada de la década del ’50, en la Argentina, se demostraba con creces aquella afirmación que reza “detrás de cada gran hombre, hay una gran mujer”, concepto que lideraba personalmente la esposa del presidente Perón y que, según veremos en esta historia, también sostuvo a uno de los pioneros antárticos más relevantes que tuvo nuestro país. Esto lo advertiremos al conocer que mucho antes de que se dispusiera la instalación del Fortín Sargento Cabral, en base Esperanza, para iniciar la incorporación de la familia argentina en la rutina del quehacer antártico, -décadas antes digo-, el golpe de estado llamado Revolución Libertadora abortó un emprendimiento más profundo y de características verdaderamente colonizadoras. Pues, contrariamente a la creencia generalizada, la propuesta de la colonización argentina del continente blanco, mediante la trascendente aparición de mujeres y niños argentinos compartiendo la actividad antártica, hombro a hombro con los varones, fue gestada mucho antes del ’78, -justamente en aquellos tiempos de mitad de siglo-, y estuvo liderada por la abnegada y leal esposa de quien fuera el segundo de nuestro prócer antártico don Hernán Pujato, ella fue la “bella Mabelle Mottet”.
Ushuaia.- En el año 1978 la República Argentina mostró, en hechos, su intención de iniciar la colonización de su territorio antártico, estableciendo en la base antártica Esperanza, el “Fortín Sargento Cabral”, con el objetivo de incorporar a la familia argentina a las campañas antárticas, incluyendo la participación efectiva de mujeres e hijos en las dotaciones de invernadas. Ya el 7 de enero del ´78, el país mostró al mundo el nacimiento de Emilio Marcos, el primer ser humano nacido en el continente blanco. Ese mismo año, el 27 de marzo, también nacía en Esperanza, Marisa de las Nieves, la primera niña antártica. Sin embargo, aquellos hechos tuvieron un antecedente histórico que de haberse concretado, hubiese consolidado un camino muy diferente en aquél proyecto de colonización polar.
Corría el tórrido enero del ´51, don Jorge Julio Mottet, al ver desvanecerse la expectativa de la realización de la Primera Expedición Científica Argentina a la Antártida Continental, debido a la falta de disponibilidad de “bodega en los buques oficiales”, solicitó autorización a su líder a fin de “buscar por su cuenta”, una embarcación en la que pudiesen concretar la ansiada aventura antártica.
Obtenida la autorización de su jefe, avisos clasificados y las hoy llamadas “páginas amarillas” en mano, comenzó a recorrer junto a su entonces novia las calles porteñas, sometidas a altísimas temperaturas que convertían a la capital en un verdadero horno, con el agravante de que por su condición de oficial del ejército, el protagonista, debía vestir con ropas formales y muy poco adecuadas para semejantes temperaturas, por cierto. Graficaba la situación Mottet en su libro “Reminiscencias”: “Me miraban como si fuera un escapado de algún establecimiento para enfermos mentales. Para colmo, vestía un traje azul oscuro, media estación, que en esa casi carrera por la Avenida de Mayo me hacía transpirar profusamente…” Mabelle, su compañera, lo alentaba a costa de su propio desaliento, lo acompañó activamente a dar lucha contra la desesperanza, pasaban las horas, caminaban las calles, visitaban infructuosamente agencias marítimas, armadores navales, empresas propietarias de buques sin recibir ninguna solución, y, hasta sintiéndose simplemente “compadecidos”, por quienes rechazaban el requerimiento con la compasión de creer que Mottet y Mabelle estaban detrás de una utopía. Conseguir quién lleve a “un grupo de audaces exploradores” a irrumpir con un buque mercante en los temidos mares antárticos, evidentemente no era una empresa fácil.
Como suele suceder, todo sacrificio tiene su premio, y ya, cuando casi no cabían esperanzas de obtener el medio naval que les permitiera llevar la dotación de la expedición al continente blanco, los hermanos Pérez Companc, dueños de una incipiente empresa naviera nacional, (seguramente sensibilizados por tanta vocación de servicio evidenciada por esa pareja de “locos patriotas”), no sólo dieron el imprescindible transporte que la patriada requería, sino que además invirtieron recursos, tiempo y dinero de la firma, en la preparación del carguero patagónico Santa Micaela para la travesía antártica y pusieron a su mejor capitán –Santiago Farrell- al mando de la embarcación, todo esto sin pretender otra cosa que el éxito de la operación, ya que además, no cobraron los servicios prestados.
Pero la historia de Mabelle no iba a terminar en el acompañamiento de su amado esposo por las sofocantes calles de Buenos Aires en aquel verano, sino que al tomar conciencia que la epopeya tomaría visos de realidad, comenzó a programar la manera en que ella misma pudiera protagonizar –no sólo acompañar- el desarrollo “in situ” de una estrategia antártica nacional.
Al regreso de la exitosa campaña antártica que inauguró la primer base continental y polar argentina “San Martín”, Pujato expuso ante el presidente y funcionarios las experiencias de su expedición, y explicó su plan estratégico, el que incluía Colonizar con Familias en el lugar más conveniente, del continente antártico.
Fue entonces cuando Mabelle tuvo un sueño, un sueño que le permitió seguir apoyando a su hombre con la esperanza de poder también ella disfrutar del sabor de quienes son protagonistas de hechos históricos que servirían a la consolidación del liderazgo argentino en la Antártida.
Fue así que Mabelle remitió una carta al Presidente de la Nación Juan Perón, que se convirtió en un hito histórico argentino en la iniciativa colonizadora, pues fue Mabelle Mottet la primera mujer argentina en ofrecerse para cumplir un sueño, vivir en la antártida, y no por un año, sino como colonia poblacional permanente. Quería sembrar la semilla de argentinidad en la Patria Blanca.
Corría julio del ´54 y Jorge Julio Mottet, solicitaba al director del IAA, se lo autorice a constituirse como “poblador permanente de la Antártida Argentina, sin plazo fijo de regreso”, lo que es avalado por Pujato y elevado al Secretario de Defensa, sosteniendo que “se ajusta en un todo a los planes presentados al presidente de la nación, para la conveniencia de crear pequeños asentamientos humanos permanentes en el continente y propiciar nacimiento de argentinos en la Antártida”. Moción que es aceptada inmediatamente por el Secretario de Defensa.
A mediados de agosto, Pujato ya tenía definido el plan ejecutivo para el asentamiento propuesto, el que se llamaría “Caserío San Lorenzo” y se instalaría en la zona de Cabo Primavera, propiamente sobre el sector continental de la península antártica. Las instalaciones previstas constarían de 10 casas semi-prefabricadas, depósitos, enfermería, radioestación, usina, etc. La población estaría compuesta por matrimonios voluntarios para instalarse allí en forma permanente y su actividad principal se orientaría a crianza y adaptación de animales de zonas polares y vegetales que se adecuen a la región.
También se preveía que el “Caserío San Lorenzo” fuera la base principal de operaciones del ballenero “Juan Perón”. Además, el delegado del IAA en el caserío tendría la responsabilidad de llevar adelante los programas científicos que el instituto antártico determine, esto, mucho antes de que se firmara el Tratado Antártico.
Finalmente, se propone formalmente al Presidente Perón que se designe al matrimonio de Jorge y Mabelle Mottet, para integrar el grupo de colonizadores y se convoque a voluntarios para seleccionar los matrimonios restantes. Pero habida cuenta la necesidad de efectuar reconocimientos, recabar información, realizar tareas de organización, selección de personal, prefabricación de las instalaciones, etc., las previsiones hechas para concretarlas en la campaña ´54-´55, debió ser postergada para la del verano ´55-´56.
En septiembre del ´55, se produjo la Revolución Libertadora, al proyecto colonizador que instalaría el Caserío San Lorenzo en Cabo Primavera, se le asignó maliciosamente intención política partidaria, desdibujando el sentido patriótico y altruista que verdaderamente lo sostenía y además, se lo ocultó del conocimiento ciudadano, convirtiéndolo tal vez, en uno de los símbolos de los daños que pueden ocasionar las decisiones políticas erróneamente analizadas ya que con ello, el país demoró casi tres décadas la instalación de la familia argentina en la Antártida y sepultó la génesis de lo que hoy seguramente sería la única población verdaderamente urbana del continente blanco.

Este humilde artículo, sólo pretende servir como reconocimiento, -en la persona de Mabelle Mottet-, a todas las compañeras de los pioneros varones antárticos, ya que ellas supieron sostener con mucho amor y convicción a sus parejas para que pudieran poner todo de sí para servir a la Patria, con abnegación y sacrificio, igual al que ellas mismas demostraron, desde el anonimato y a la distancia.

Este fue sin dudas “El Sueño de Mabelle”, que la mala política le frustró y que hoy, como siempre, continúa acompañando en el exilio, al decano de los antárticos argentinos…

Por Alejandro Bertotto 


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Fuentes Armada Argentina-Servicio de Hidrografía Naval, CONICET, Dirección Nacional del Antártico, Gaceta Marinera